Ruben Dario Salazar
Rubén Darío Salazar nació un 26 de enero de 1920 en Taboga. Se casó con
Carmen María Grau y tuvieron 6 hijos, Xiomara Edith, Rubén Darío (Papito), Gloríela
Elena, Germán Darío, Jorge Darío y Luisa Martina. De profesión se dedicó a la
electricidad. Me enseñó lo importante de trabajar y me llevó a abrir mi
primera cuenta de banco en la Caja de Ahorros de Río Abajo, ufff como en el
1980. Falleció un 28 de diciembre de 1997 en la casa.
Era buen abuelo, excelente padre, hermano y amigo. Supe que tuvo que ver con las letras del Banco Nacional de Panamá, en plena Via España. Cada que vez que pasaba por ahí veía la altura de ese edificio, y con orgullo les decía al que estuviera a mi lado, "Mi abuelo fue uno de los se subió alla arriba y puso esas letras enormes".
Fundó con otros
vecinos Los Positivistas de Urbano Pat. Algunas de sus frases favoritas eran: Échale
Chicha al Cachito, Voy y Vuelvo, Voy Rumbo a Moscú, "el hijo de mi hija,
mi nieto será, pero el hijo de mi hijo, quien sabrá". Con el escuché
palabras como pajuato, tragaldabas, cabeza de tuétano, alcahuete. Le gustaba
tomar whisky Presidente y las canciones de Carlos Gardel, Mi Buenos Aires
Querido era su favorita. Un buen hombre, trabajador, de principios y valores
del más alto nivel. No recuerdo que me haya disciplinado con correa, sólo con
escuchar su voz seria, era suficiente para respetarlo y no darle malos
momentos. Vivió en calle 14 Santa Ana antes de mudarse a Urbano Pat Chanis
Cuando pequeño lo acompañé varias veces a sus camarones.
Recuerdo que era muy bueno empalmando cables eléctricos, poniendo abanicos,
encontrando la raíz del problema y solucionándola. Unos de sus clientes era el
teatro Opera. Cuando yo quería ir a ver una película, solo tenía que decir quién
era en la entrada y podía pasar y sentarme a ver las películas del
momento. También trabajo un tiempo en el Canal de Panamá y en Hopsa.
Mi abuela Carmen siempre fue la
reina de la cocina. Sin embargo, no recuerdo por cual razón, pero nos dio por hacer
una receta de macarrones. Quedaron muy malos y aguachados, a nadie les gustó, pero
don Rubencito y yo nos los comimos.
Siempre le gustó estar en
familia, su carácter parecía muy tenue pero muy dentro era de un temple
asombroso. No era de discutir, más bien tenía un gran humor. A veces alguien decía
que nos parecíamos, y que teníamos la misma nariz, el respondía “No, no, él
tiene la suya y yo la mía”
¡Dios te tenga en la Gloria
Abuelón!


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